¡No te tengo Miedo!

Porque el miedo no hace más que paralizarnos, he aquí un lugar donde dejarlo de lado...

Podés averiguar un poco más acerca de mi, dejarme tu pregunta, o empezar a explorar lo que hay por estos lados:
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En el orden del miniaturismo animal brilla por su pequeñez la llamada ballena de los Sargazos. Su color tiene la claridad, la inquietante luminiscencia de la olivina, y su fumarola la transforma a ojos de un raro observador en un nenúfar gaseoso. La leyenda le ha fabricado un origen mítico, y dice que en el primer día fue una muchacha alada, casi un ángel que huyendo de un arquero rijoso ocultó su gracia en el laberinto de lo vegetal oceánico; y así también, que su tamaño es sólo una defensa, una fuga ante un enamorado tenaz. Y añade que las sirens, celosas de su hermosura, obligaron a los dioses a que la convirtieran en un vulgar mamífero. Mas aun así, los navegantes que le han dado caza celebran su poder amatorio y cantan la belleza única de sus pechos de niña.

Rafael Pérez Estrada

Un muy novato editor de París que dirigía una colección que daba preponderancia a los libros clásicos (no por amor a las “obras inmortales”, sino porque los libros muertos no pretenden cobrar regalías), dio a traducir la novela Vatbek, de William Beckford, sin saber que el inglés había escrito originariamente en francés y que la versión que él tomaba como texto madre no era otra cosa que la traducción del reverendo Samuel Henley. El traductor que recibió el encargo -un afable especialista en letras góticas- nada dijo del error, muy al contrario, fijó sus honorarios y apareció a los diez días en la casa editorial con la labor cumplida, vale decir con una copia fiel, letra por letra, del original francés de Beckford. El editor quedó atónito. Ya le habían dicho que este traductor era muy eficiente, pero tal celeridad le resultaba inconcebible.

Transcurrieron dos meses y el especialista en letras góticas recibió un llamado del editor. “La traducción está bastante bien pero me he permitido introducir algunos cambios para nada relevantes”. Decidido estaba el traductor a confesarlo todo, a aclarar el malentendido, cuando escuchó que el otro le recomendaba: “No se apresure tanto la próxima vez. Es innecesario y se nota”.

Eduardo Berti

Hay ciertos insectos que nacen al amparo de la noche cerrada. Crecen, procrean y mueren antes del amanecer. Nunca llegan al día de mañana. Sin embargo, experimentan segundo a segundo, la intensa agonía de vivir, se aparean con trepidante gozo y luchan ferozmente para conservar sus territorios vitales, sus lujosas pertenencias: el lomo de una hoja, la cresta moteada de un hongo o el efímero esplendor del musgo tierno besado por la lluvia.

Quizá -instintivamente- en un punto ciego entre la muerte implacable antes del estallido del sol matinal y la promesa infinita, telúrica, de la evolución hacia un estado superior, dichos insectos se frotan las patas lanzándose a una lucha fraticida. Envanecidos con la tentación de liquidar a sus semejantes y dominar el mundo.

Fanny Buitrago

Solange, la enamorada. Todas las muchachas perdían frente a Solange. Ninguna podía competir con ella en materia de seducción. Los jóvenes de la ciudad sólo alimentaban una asplración: que Solange los mirase. Desdeñaban a todas las otras, aunque fuesen lindas, llenas de gracia y buenas para enamorar. Enamorar a Solange, merecer el favor de sus ojos: ¿qué más desear en la vida?

De ninguno se enamoraba Solange. Era una torre, un silencio, un abismo, una nube. Su familia se inquietaba por esto y le pedía por el amor de Dios que eligiera un muchacho y se enamorase. El párroco la exhortó en ese sentido. El intendente apeló a sus buenos sentimientos. Nadie más se casaba, la legión de solteros era preocupante. Se temía por el orden social.

La desaparición de Solange no fue explicada hasta ahora, pero dicen que en una carta dirigida a la familia ella declaró que, para ser la enamorada en potencia de todos, no podía enamorarse de uno solo, aunque cambiase de enamorado sucesivamente. Estaba segura de que ejercía la función de un sueño que beneficiaba a todos. Pero si no era así, y nadie comprendía su entrega ideal a todos los jóvenes, ella decidía desaparecer para siempre, y adiós.

¿Adiós? Se ignora adonde fue Solange, pero así fue que se convirtió en mito supremo y nunca más nadie se enamoró en la ciudad. Las muchachas envejecieron y murieron, la iglesia cerró las puertas, el comercio decayó y terminó, las casas se desplomaron en ruinas, todo allí quedó reducido a una tapera.

Carlos Drummond de Andrade

El autobús paraba a muy pocos metros del banco de la placita en el que el viejecillo se ponía a tomar sol y a ver bajar y subir a la gente del vehículo. Sobre todo a las mujeres jóvenes y de mediana edad, pero no porque tuviese “ningún pensamiento” decía, sino porque tenía observado que tienen más alegría.

—Las viejas están ya tan golpeadas, que se vuelven duras como hombres.

Y con éstas era con las que hablaba casi siempre, aunque casi siempre tambén tenía que consolarlas hasta que se le agotaba toda la reserva de consuelo que él tenía para sí mismo y entonces se rendía. Ponía las manos sobre las rodillas. Y decía:

—Sí, sí; así es la vida.

Y ya llegaba el silencio. Hasta que volvía de nuevo el autobús y, mirando a las otras mujeres y a los niños que llevaban de la mano, sacaba de allí un poco más de alegría. Pero algunos días no llegaba al banco a tiempo de los primeros autobuses y, luego ya eran de hora y hora y, si se sentaba allí alguna mujer vieja u otro viejo, no sabía qué decirles.

José Jiménez Lozano

Soñé que atravesaba la selva nos dijo un día su cansancio y sacudió briznas de hojas, ramujos y musgo que se le pegaron en la travesía. Su jadeo era de rachas vegetales, como si arrancara una raíz fresca y honda.

Después lo perdimos de vista.

“Debió regresar a su sueño” -pensé, recordando que en esa ocasión traía roto el vestido y tuvieron que extraerle espinas y astillas de árboles inusitados, de palmas y árboles inusitados.

Pero una mañana volvió. Pudimos entenderle que estuvo soñando con una puñalada.

—Aquí, miren.

Se desgonzaba su fuerza cuando preguntamos qué le había ocurrido. Logró apoyarse en un brazo y levantar la cabeza, pero volvió a caer. SIn tiempo de responder si la sangre era también parte de su sueño.

Manuel Mejía Vallejo

Lo conoció una noche en el bar. Desde entonces se sientan en la misma mesa.

—Cuidado, porque vengo de otra parte.
—No importa de dónde vengas.

Se toman de las manos, se observan.

Tanto tiempo sin amar; ya casi no recuerdan.

Ella elige un día. Lo arrastra hasta su puerta.

—No insistas.
—Quiero que vengas.

La sigue y ambos entran.

Ella se desnuda, se le acerca.

El se deja tomar por ella la cabeza, se deja acariciar, la observa.

Ella sonríe hasta que llega a su frente. Se detiene allí, tuerce la mueca.

—¡Qué es esto! ¡Quién eres!

Siente dos cuernos que la aterran.

—Te dije que era de otra parte, contesta.

Y la ve cómo se chamusca, cómo se quema.

Andrea Maturana

Quiero entenebrecer la alegría de alguien.
Quiero turbar la paz del que está tranquilo.
Quiero deslizarme calladamente en lo tuyo para que no tengas sosiego; justamete como el parásito ha tenido el acierto de localizarse en tu cerebro y que te congestionará uno de estos días, sin anuncio ni remordimiento.

Pablo Palacio