¡No te tengo Miedo!

Porque el miedo no hace más que paralizarnos, he aquí un lugar donde dejarlo de lado...

Podés averiguar un poco más acerca de mi, dejarme tu pregunta, o empezar a explorar lo que hay por estos lados:
Últimos Comentarios
Recent Tweets @nttm
Me gusta...

A continuación transcribo una obra de mi tío favorito: Miguel Piris. Es la historia de sus padres, o sea, de mis abuelos. Por lo tanto, también es mi historia. Espero que disfruten de su lectura tanto como yo…

No sé cuánto hay de placer, de necesidad o de compulsión en esto de sentarse a escribir. A veces, las historias me acosan como hordas de molestos tábanos que dan vueltas alrededor de mi cabeza, aguijoneándome de cuando en cuando para que no las olvide, para que sepa que están ahí, aguardando pacientes a que las lleve a la pantalla, al papel, a la posteridad. El momento de gloria se produce cuando toda esa madeja de ideas inconexas encuentra su lugar en el universo, las piezas del rompecabezas encajan perfectamente y todo empieza a cobrar sentido.

Siento que la historia de mis padres y las curiosas circunstancias de su encuentro merece al fin ser contada. Como un buen vino, reposó por años oculta en los inextrincables sótanos de la memoria, fermentando recuerdos que le dan el sabor tan especial que hoy tiene para mí.

Finalmente, supongo que fue esa inconsciente búsqueda de trascendencia la que me empujó a escribir, buscando burlar la horrible noción de nuestra humana finitud, intentando dejar un testimonio de vida, dando brazadas contra corriente en ese constante fluir hacia el infinito mar de los olvidos.

Estas fueron mis razones, la que sigue es mi historia.

Mamá

Mi abuela Dolores podía conceder en ciertos aspectos, pero en uno en especial nadie iba a quebrar su férrea voluntad: todos sus hijos iban a estudiar y conseguir un título para poder defenderse en la vida. Esa era una cuestión que estaba fuera de toda discusión. No importaba si en eso se le iba la vida, si tenía que estirar las horas del día sentada a la destartalada máquina de coser para vestir a su prole y atender a sus clientas del barrio Pujol.

Dolores lo hizo todo sola, nunca pudo contar con la ayuda de mi abuelo para hacerse cargo de todo lo que implicaba el cuidado de los niños y llevar adelante la casa. Vicente era un bohemio, dueño de uno de los pocos taxis de la ciudad de Corrientes, amante de la calle, el tereré con ginebra y las partidas de tute cabrero. Sus vicios dejaban pocas monedas para que la abuela administre en la frágil economía del hogar. Incontenible amante, su generosidad estaba más que nada relacionada con la procreación: Irma, mi mamá, fue la primera de ocho hermanos, en una serie que se sucedía con un intervalo nunca mayor a los doce meses.

De cuando en cuando, cansada de sus inacabables trastadas, la abuela echaba a Vicente de la casa con letanías injuriosas que salían del fondo de sus entrañas. Zorro viejo, el abuelo esperaba a que las aguas se aquietaran para después volver, con la frente marchita, para recitar los versos que tantas victorias le habían asegurado:

“Tus ojos, tus negros ojos, roban mis horas de calma, atravesándome el alma como un huracán de antojos, sueños azules y rojos de un espíritu proteo…”

entonaba con su vozarrón parado junto al aljibe del patio,

“… mar inmenso en que navega la nave de mis deseos”,

completaban burlonamente los hijos mayores que, a fuerza de repetición de la misma escena, habían aprendido el romántico artilugio de su padre. Como fuera, la treta funcionaba y el desterrado era aceptado y la reconciliación se concretaba en ese mismo patio, entre la frescura de los parrales y el perfume de las Santa Ritas.

Papá:

El destino de Papá fue marcado por el temprano desamor de quien debía haberlo amado y protegido como nadie en este vida. Fernando nació en un desolado pueblito de la provincia de Santa Fe que ya no existe en los mapas, un conjunto de casas pequeñitas e iguales (como las de esos Playmobil que me regalaba cuando niño), que había construido la Stanford Wood Co. para sus empleados. Su padre ganaba el sustento hachando los algarrobos del monte que luego eran cargados a los inmensos vagones que partían puntualmente hacia la capital todas las semanas.

Los rasgos físicos y espirituales del abuelo Teo parecían estar modelados por el hacha que había encallecido sus manos, esos amenazantes racimos de enormes dedos con los que intentaba acariciarme. Su mamá, Margarita, de sensibilidad sajona y carácter marcial, sólo tenía tiempo para Carlota, su beba recién nacida, y consideraba que Fernandito, a los 10 años, ya tenía la edad suficiente para cuidarse solo. Sin pensarlo dos veces, lo envió como pupilo a un seminario recién inaugurado en la provincia de Corrientes, junto a la imponente Basílica de Itatí. “Lo de la vocación se verá después” lo tranquilizó a Teo con su habitual indolencia, cuando el padre insinuó una tibia protesta.

El mundo de Fernando se trasladó de la noche a la mañana a un espectral recinto de cemento, rodeado de muchachos abandonados a la buena de Dios, buscando explicaciones a lo inexplicable. Fue así que su infancia transcurrió bajo un régimen de austeridad y rígida disciplina que lo marcarían toda su vida. Es curioso que aún hoy Papá duerme boca arriba con las manos cruzadas por encima de las sábanas, como le enseñaban sus tutores, con el casto propósito de evitar el pecaminoso contacto con los adolescentes y solitarios placeres de la carne. Desayunos frugales, misas, rezos, latín, teología y más rezos formaban parte de una rutina tediosa que se veía matizada rara vez por alguna esporádica y fugaz visita de mi abuela Margarita.

El encuentro:

Corría el año 1951 y el país atravesaba una de sus recurrentes crisis económicas. Se aproximaban las elecciones persidenciales y la máquina propagandística del régimen trabajaba a destajo: en el aire se respiraba peronismo y cualquier disidencia era peligrosa. Mi abuelo Vicente, entre otros vicios, cultivaba un gorilismo de un tamaño inversamente proporcional a su sentido de la oportunidad. Se decía radical de Alem e Irigoyen y se lo contaba a todo el que quisiera escucharlo: a sus pasajeros del taxi, a los parroquianos de los bares donde paraba y al cura que lo confesaba.

En esos días Mamá recibía el título de maestra normal nacional, título que la abuela Dolores festejó como propio. Esa tarde hubo masitas finas de la Panambí, la mejor confitería de Corrientes. Nadie nunca supo de dónde había salido el dinero, pero en los días siguientes, el abuelo andaba contrariado por unos pesos que no encontraba y que juraba haber dejado en su sombrero.

Vinieron tiempos difíciles. Mamá necesitaba trabajar para ayudar a sus hermanos, pero no conseguía más que disgustos. Gastaba zapatos caminando kilómetros y kilómetros bajo ese calor húmedo y sofocante del verano subtropical, con su flamante título bajo el brazo y arrastrando las ilusiones por el camino de polvo y piedras. Las puertas se cerraban frente a sus narices una tras otra, “No hay vacantes” le repetían, mientras miraban de soslayo su aplicación y le preguntaban como al pasar qué relación tenía con un tal Vicente Cáceres.

Irma estaba decepcionada y se enfureció aún más cuando escuchó en la LRA1 un comunicado del gobierno que prometía puestos de trabajo a cada una de las maestras argentinas. Sin más preámbulos, decidió escribirle a Evita, con la insolencia de sus 20 años recién cumplidos, escupiendo su bronca contra “las mentiras del nefasto régimen peronista” (esa línea se la había dictado el abuelo) y solicitándole imperiosamente un empleo porque “para algo me deslomé estudiando”. La respuesta no tardó ni una semana. En papel satinado con el membrete de la Fundación Eva Perón y la firma de puño y letra de la mismísima Evita, llegó el nombramiento como docente titular del Hogar-Escuela N°13 de Enseñanza Primaria “Juan Domingo Perón”.

La escuela había sido recientemente inaugurada y contaba con todas las comodidades para albergar hasta 200 chicos, a quienes se les brindaba, además de la educación primaria, útiles, ropa, calzados y, lo que era más apreciado por los niños, abundante comida. Mamá tenía que enseñarles las normas mínimas de convivencia e higiene, porque la mayoría provenía de hogares en las últimas de las miserias, con padres analfabetos que eran explotados en las plantaciones de yerba mate y en los campos de algodón. La Fundación Eva Perón era la encargada de suministrar los elementos necesarios para el funcionamiento dle Hogar. Qué importaba que su financiamiento no fuera transparente, o que se sostuviera a través de fondos desviados del presupuesto nacional y por aportes “voluntarios” de las principales empresas nacionales. No era momento para andar con pruritos ni estúpidos escrúpulos. Lo importante era que las cosas se conseguían y lso chicos tenían lo que necesitaban para poder estudiar y escapar al inexorable destino de miseria que los aguardaba en elf monte. Colchones, camas, y máquinas de coser “Singer” llegaban en camiones que descargaban sus preciadas mercaderías en las barracas de la escuela.

La fórmula presidencial Perón-Evita era un hecho, los ánimos estaban insuflados de nuevos aires victoriosos, ¿Quién iba a poder oponerse a la fórmula del pueblo? Entre tanto optimismo, nadie podía presagiar la tragedia que se avecinaba. En la calma tensa que antecede al huracan, las noticias de la enfermedad de la esposa del General comenzaron a cubrir como ominosas nuebes negras el límpido firmamento justicialista. La confirmación oficial de que Evita estaba padeciendo una leve anemia y que estaba siendo tratada con transfusiones de sangre corrió como reguero de pólvora. La señora estaba enferma, y todos sabían que su enfermedad era esa de la que no se habla. Su renunciamiento a la candidatura a Vice-presidenta venía a confirmar los peores presagios: “Quiero comunicar al pueblo argentino mi decisión irrevocable y definitiva de renunciar al honor con que los trabajadores y el pueblo de mi patria quisieron honrarme en el histórico Cabildo Abierto del 22 de agosto”. Las últimas noticias decían que la pareja iba a concurrir a la Basílica de Itatí a pedir a la Virgen por la salud de la Jefa Espiritual de la Nación.

Quizás no tanto por vocación como por absoluta imposibilidad de desarrollar otro interés en su reclusión forzosa, solo y abandonado, Papá se había dedicado enteramente al estudio y era el seminarista más avanzado de su clase. El obispo ya lo había felicitado personalmente y en una larga clarla lo instó a apresurarse a tomar los votos, pensando en una próxima ordenación.

Tampoco olvidó mencionarle un detalle: había sido elegido para entregarle personalmente un rosario de cristal de roca bendecido a la excelentícima primera dama María Eva Duarte de Perón en la misa que iba a celebrarse por su salud, ese mismo domingo. El obispo, un polaco regordete de calva rojiza y nariz aguileña, había entrado en confiaza con el jóven seminarista, “Mirá hijo, la Basílica necesita cobre para terminar con los ornamentos de la cúpula, asi que junto con el rosario le vas a entregar una carta con el petitorio a la Señora, ella es la única que nos puede ayudar en estos momentos. ¿Porqué me mirás así? Estamos pidiendo un favorcito… si se quiiere más terrenal por otro de índole celestial… de esos que nos encargamos nosotros, entendés?. Alabado sea el Señor, podés retirarte.”

Corrientes estaba conmocionada por la proximidad de la magna visita y las fuerzas vivas empezaron a organizar una gran porcesión para recorrer los treinta kilómetros que separan la ciudad del santuario. Las paredes gritaban “Evita capitana”, “Viva Perón”, las plazas se embanderaron con la insignia patria y los perfiles más conocidos de la República. Entre tanta expectativa, finalmente llegó el día en que el lujoso bote “Tacuara” hizo su aparición, majestuoso y elegante, remontando el Paraná casi a la hora programada. Una comitiva oficial recibió al matrimonio y los condujo en caravana multitudinaria hacia la Basílica de Itatí. A pesar de los 30 grados de ese febrero asficxiante del verano de 1952, los hombres vestían rigurosos trajes oscuros y las mujers sus mantillas y sombreritos de pana.

Mamá no quiso perderse el espectáculo y fue temprano con sus hermanas Elba y Alicia para poder ubicarse en los primeros asientos. Ya conocía el templo porque habían acudido en muchas ocasiones para visitar a Vitino, el hermano que había decidido seguir su vocación sacerdotal. En el pecho de Irma se arremolinaban las ansias por conocer a la mujer que le había dado su primer trabajo, a la heroína de los descamisados, a la dama frente a la que se inclinaban los reyes y presidentes, a esa enigmática figura que despertaba amores incondicionales y odios viscerales. Nunca imaginó que esa tarde conocería a alguien que cambiaría su vida para siempre.

Un gélido manto de silencio cayó sobre el caldeado murmullo que flotaba dentro de la iglesia cuando hizo su entrada una mujer de apariencia muy consumida y desmejorada, una mala copia en sepia de esa rubia rozagante que adrnaba los libros de textos de los chicos. Mamá no reconocía a Evita en ese espectro que arrastraba los jirones de su cuerpo caminando hacia el altar. El tratamiento de quimioterapia le había provocado intensas quemaduras en el cuello y el tobillo, zonas donde ya el cáncer había producido metástasis. La Señora llegó como pudo al pie del altar donde lo estaba esperando un jóven apuesto de sotana interminable, tan buen mozo que Mamá se sintió sacrílega sólo por pensar las cosas que pensó en ese sagrado recinto. Todo pasó a un segundo plano, su centro de atención se desplazó hacia ese jóven que sostenía un rosario y un sobre en sus manos. Codeó a Elba y susurró a su oído “creo que vamos a venir a visitar a Vitino mucho más seguido”.

Pasaron unos meses, Papá había abandonado ya su atuendo negro por un más sentador traje gris claro y sus rutinas de seminario por las de oficinista en el Banco Nación. Mamá lo esperaba ansiosa con dos copitas de anís en el patio de las Santa Ritas. Bajo la atenta mirada de la abuela, esa tarde se prodigaron los primeros arrumacos hasta que en la radio escucharon estupefactos la noticia que leía el locutor: “Cumple la Secretaría de Informaciones de la Presidencia de la Nación el penosísimo deber de informar al pueblod e la República que a las 20:25 horas ha fallecido la Señora Eva Perón, Jefa Espiritual de la Nación. Los restos de la Señora Eva Perón serán conducidos mañana, al Ministerio de Trabajo y Previsión, donde se instalará la capilla ardiente.”

Fin:

Esta fue una historia de casualidades, de fuerzas del destino, casi como cualquier historia de amor, que empezó en un momento en que las utopías quedaban casi a la vuelta de la esquina. Fue un tiempo en que los rígidos órdenes estamentales dieron lugar al nacimiento de una naciente y pujante clase trabajadora con posibilidades de lograr el ascenso social y de brindarles una expectativa de vida mejor para sus hijos. Ahora que pasó más de medio siglo, que pasaron gobiernos, dictaduras sangrientas y democracias corruptas, en este naufragiio de un país que se hunde en medio de sus contradicciones me aferro a esta historia de amor que todavía continúa.

Quiero dar testimonio de un tiempo que fue mejor, quizás no sea mucho, pero me tranquiliza pensar que existió y que hay cosas que el tiempo no destiñe ni oxida, suficiente como para querer empezar de nuevo.