La sotana

Bajé a ponerle la tarjeta de estacionamiento a mi auto. Lo normal en la calle, la gente recién comienza a moverse en la ciudad, a punto de iniciar el horario comercial.

Miro a la vereda opuesta y lo veo: era Daniel. Llevaba puesta una sotana rigurosamente negra, los lentes redondos, sandalias franciscanas y en su mano derecha un rosario de madera.

Era Daniel, pero no era mi Daniel. De repente sentí caer un pesado telón, de esos que usaban en los viejos teatros.

Mi Daniel era un chico dulce y atento, extremadamente inteligente y capaz de hacerme reir con muy poco esfuerzo. Sabía de artes marciales y de música, de artes plásticas y de historia.

Este otro Daniel se le parecía mucho, pero había algo diferente. Iba rezando en voz baja. Mi Daniel no hablaba mucho, pero cuando lo hacía, todos lo escuchaban.

Mi Daniel era una persona inquieta por las cosas de la naturaleza y tenía especial talento con las plantas. Me gustaba verlo trabajar en su jardín, mientras me contaba las viejas tradiciones chinas.

Mi Daniel un día me dijo que sentía mucho dolor por las injusticias del mundo. Ese día me enamoré.

Nos pasaron muchas cosas desde ese entonces. Sólo sé que no lo ví nunca más luego de la fiesta de fin de año del 2003.

Éste Daniel no es mi Daniel; aunque mi Daniel nunca fue mío. Nunca se lo dije.

Hoy me ahoga el pesado telón del: ¿Y si …

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