Sobre el infinito.

Es bien sabido que Cantor, el gran matemático, demostró que tenía mucho sentido pensar no en una única idea de infinito, sino en una multiplicidad de ellos. Cantor formalizó con este enfoque una intuición genial que ya había tenido el filósofo medieval español Pedro Hispano, así como los filósofos y lógicos escolásticos (que hablaban de infinito categoremático como contrapuesto a infinito sincategoremático) y, por supuesto, Giordano Bruno, premiado con una bonita hoguera por sus lúcidas y libres reflexiones al respecto del infinito y otros mundos.
Cantor, ciertamente, probó que tras cada infinito, se puede esconder un infinito superior. Es maravilloso el juego mental que Cantor concibió al respecto, pensando en un diccionario de infinitas palabras que nos permitiría crear una palabra más por el sencillo expediente de imaginar una palabra cuya primera letra no fuera la primera letra de la primera palabra, cuya segunda letra no fuera la segunda letra de la segunda palabra, y así sucesivamente…Esta diabólica palabra imaginaria, creada por diagonalización (imagínate todas las palabras en una infinita lista y supón que trazas una diagonal infinita para crear esa nueva palabra imaginaria) no podría estar incluida en el diccionario infinito ya que no podría ser la primera palabra de ese diccionario porque su primera letra era distinta, ni la segunda, pues su segunda letra era distinta, ni la tercera…y así sucesivamente.
Se crea o no, los análisis de Cantor en torno al fascinante problema del infinito, atrajeron la inmediata atención del Vaticano, pese a que estamos hablando ya del final del siglo XIX.  Después de todo, la curia  y el Santo Oficio siempre han sentido la convicción de que el infinito es para siempre monopolio de Roma…¿o no?
Y como resulta que Cantor era un auténtico meapilas, dicho sea con todo respeto, pues se produjo un fascinante encuentro entre el matemático genial y el Cardenal Franzini, para aclarar todo este jaleo del infinito/s y dejar claro en todo caso que no hay otro Infinito que Dios, loado sea su nombre.
El resultado del encuentro entre Cantor y Monseñor fue que la Iglesia aceptó la nueva teoría cantoriana de los infinitos múltiples, pero con una condición. Franzini pidió a Cantor que se refiriese a los nuevos infinitos concebidos mediante diagonalización con el nombre de transfinitos, preservando así la infinitud del infinito, al objeto de no crear paradojas lógicas que afectasen a la infinitud divina.
Se bien que todo esto puede parecer imaginario. Pero es rigurosamente cierto. Se crea o no, el concepto matemático de transfinito, que apasiona desde hace siglos a los matemáticos, se expresa mediante un término acuñado nada menos que en el Vaticano y por un cardenal. Y lo que es aún más divertido, en una suprema ironía del destino, los infinitos sucesivos concebidos por Cantor y aprobados por Monseñor Franzine, se han acabado llamando, entre los matemáticos,  “números cardinales”, a partir de la palabra latina “cardinal”, que viene a significar algo así como “eje” o “perno”.
Todo este asunto de los infinitos es divertido, apasionante y…enloquecedor. De hecho, el bueno de Cantor, acabó completamente chiflado. Entre aquellas conversaciones matemático-canónicas con el Cardenal y sus incansables e abracadabrantes indagaciones sobre la Hipótesis del Contínuo (¿hay infinitos entre los diversos infinitos? ¿son a su vez estos infinitos infinitos?), Cantor terminó, como es natural, en un hospital psiquiátrico y escribiendo sesudamente en torno a la paternidad de Jesucristo por parte de San José de Arimatea y la autoría de las obras de Shakespeare por parte de Bacon.
joludi
Me quedé pensando en todo ésto, y sí, definitivamente es para volverse loco.

Sobre el infinito.

Es bien sabido que Cantor, el gran matemático, demostró que tenía mucho sentido pensar no en una única idea de infinito, sino en una multiplicidad de ellos. Cantor formalizó con este enfoque una intuición genial que ya había tenido el filósofo medieval español Pedro Hispano, así como los filósofos y lógicos escolásticos (que hablaban de infinito categoremático como contrapuesto a infinito sincategoremático) y, por supuesto, Giordano Bruno, premiado con una bonita hoguera por sus lúcidas y libres reflexiones al respecto del infinito y otros mundos.

Cantor, ciertamente, probó que tras cada infinito, se puede esconder un infinito superior. Es maravilloso el juego mental que Cantor concibió al respecto, pensando en un diccionario de infinitas palabras que nos permitiría crear una palabra más por el sencillo expediente de imaginar una palabra cuya primera letra no fuera la primera letra de la primera palabra, cuya segunda letra no fuera la segunda letra de la segunda palabra, y así sucesivamente…Esta diabólica palabra imaginaria, creada por diagonalización (imagínate todas las palabras en una infinita lista y supón que trazas una diagonal infinita para crear esa nueva palabra imaginaria) no podría estar incluida en el diccionario infinito ya que no podría ser la primera palabra de ese diccionario porque su primera letra era distinta, ni la segunda, pues su segunda letra era distinta, ni la tercera…y así sucesivamente.

Se crea o no, los análisis de Cantor en torno al fascinante problema del infinito, atrajeron la inmediata atención del Vaticano, pese a que estamos hablando ya del final del siglo XIX.  Después de todo, la curia  y el Santo Oficio siempre han sentido la convicción de que el infinito es para siempre monopolio de Roma…¿o no?

Y como resulta que Cantor era un auténtico meapilas, dicho sea con todo respeto, pues se produjo un fascinante encuentro entre el matemático genial y el Cardenal Franzini, para aclarar todo este jaleo del infinito/s y dejar claro en todo caso que no hay otro Infinito que Dios, loado sea su nombre.

El resultado del encuentro entre Cantor y Monseñor fue que la Iglesia aceptó la nueva teoría cantoriana de los infinitos múltiples, pero con una condición. Franzini pidió a Cantor que se refiriese a los nuevos infinitos concebidos mediante diagonalización con el nombre de transfinitos, preservando así la infinitud del infinito, al objeto de no crear paradojas lógicas que afectasen a la infinitud divina.

Se bien que todo esto puede parecer imaginario. Pero es rigurosamente cierto. Se crea o no, el concepto matemático de transfinito, que apasiona desde hace siglos a los matemáticos, se expresa mediante un término acuñado nada menos que en el Vaticano y por un cardenal. Y lo que es aún más divertido, en una suprema ironía del destino, los infinitos sucesivos concebidos por Cantor y aprobados por Monseñor Franzine, se han acabado llamando, entre los matemáticos,  “números cardinales”, a partir de la palabra latina “cardinal”, que viene a significar algo así como “eje” o “perno”.

Todo este asunto de los infinitos es divertido, apasionante y…enloquecedor. De hecho, el bueno de Cantor, acabó completamente chiflado. Entre aquellas conversaciones matemático-canónicas con el Cardenal y sus incansables e abracadabrantes indagaciones sobre la Hipótesis del Contínuo (¿hay infinitos entre los diversos infinitos? ¿son a su vez estos infinitos infinitos?), Cantor terminó, como es natural, en un hospital psiquiátrico y escribiendo sesudamente en torno a la paternidad de Jesucristo por parte de San José de Arimatea y la autoría de las obras de Shakespeare por parte de Bacon.

joludi

Me quedé pensando en todo ésto, y sí, definitivamente es para volverse loco.

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    joludi Me quedé pensando en todo ésto, y sí, definitivamente es para volverse loco.
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