¡No te tengo Miedo!

Porque el miedo no hace más que paralizarnos, he aquí un lugar donde dejarlo de lado...

Podés averiguar un poco más acerca de mi, dejarme tu pregunta, o empezar a explorar lo que hay por estos lados:
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Nada era en mi pueblo más difícil que saber la hora. Contábamos con tres relojes públicos, pero no se podía contar con ninguno.

El de la Municipalidad, debido sin duda a la índole progresista de la institución, se lanzaba hacia el futuro a más de noveta minutos por hora, ansioso de superar el atraso de la época.

Pero ésta es una versión mía. La que daban las autoridades es que habiendo la casa vendedora garantizado su exactitudo por diez años, convenía espear a que pasaran nueve y hacer entonces la reclamación. De ese modo se podría cobrar una fuerte suma por daños y perjuicios causados por todas aquellas horas extras que la comuna pagaba a sus empleados con el intendente a la cabeza.

En mis tiempos este adelanto era de siete meses.

La casa vendedora del reloj desbocado operaba tranquila y confiada en la Capital, ignorando aquel pleito que se le venía encima. El escribano local tomaba debida nota de todo y cobraba sus honorarios con el adelanto de práctica.

Cuando un abogado veraneante, pues en el pueblo no los había, dijo que aquello era el disparete jurídico más enorme que había oído en su vida y que el escribano era un vivillo, se le respondió con el olímpico desprecio que reservaban las autoridades para todo lo que oliera a oposición. Y el reloj municipal siguió dejando caer horas futuras, sueldos y papel sellado.

Con el reloj de la iglesia ocurriría lo contrario: atrasaba.

El cura párroco, para no ser tachado de oscurantista y retrógrado por los liberales, trató de hacerlo arreglar. Llamó a don Hércules Piccolo, el único y tradicional relojero del pueblo. Don Hércules era tan viejo que decían las malas lenguas que habia comenzado arreglando relojes de arena.

El padre Custodio, al verlo tan viejecito, tembleque y cegatón, tuvo miedo de encargarle la riesgosa empresa de subir a la torre del reloj, pues pensó que era empujarlo a una muerte segura, y optó por darle a componer su antigua cebolla de plata, que andaba perfectamente, sabiendo que ya no volvería a marchar como la gente, pues a don Hércules ya no le daba la vista para esas cosas.

Llamar a un relojero de fuera era imposible sin ofender al viejo, al que le quedaban tan pocos años de vida…

Y el reloj de la iglesia siguió marcando un tiempo lento y grave, un tiempo de otro tiempo.

El tercer reloj era el de la estación, hermosa máquina de fabricación suiza que marchaba como un reloj sin permitirse ninguna fantasía hacia el pasado ni hacia el provenir. Y él hubiera sido la salvación horaria del vecindario de estar colocado en cualquier otra parte, pero, ¡ay!, estaba en la estación y tenía tan poca importancia, que los escasos pasajeros que lo frecuentaban, lo hacían con el temor constante de que el maquinista se olvidara de doblar en la curva correspondiente, cosa que había ocurrido vairas veces.

Con frecuencia la empresa se olvidaba de ponernos en los horarios, lo que era muy doloroso para nuestra dignidad. Se nos despechaba a veces con boletos con el nombre de otra estación o manuscritos, pues se habían olvidado de imprimirlos.

En tales circunstancias, lo más natural era que los trenes llegaran siempre a destiempo y a contrahorario.

Harto el pobre jefe de oír las quejas de los viajeros y de los que iban a pasear a la estación de llegada de los trenes, que eran los más exigentes, optó por mover con sus propias y resignadas manos las manecillas del reloj de acuerdo con las circunstancias. Si el mixto de las nueve y trece venía con una hora de atraso, el jefe acomodaba el reloj desde que tenía la noticia de demora. Y así los concurrentes a la estación, que se habían guiado por los otros relojes anárquicos, no sabían a ciencia cierta con qué retraso llegaba el tren y las quejas se detenían al borde del libro de quejas.

Pero, se dirá. ¿nadie poseía reloj de bolsillo?

Claro que sí, muchos vecinos lo tenían y hasta de tres tapas. Los traían de la ciudad muy en su punto, pero al poco tiempo comenzaban a desorientarse en aquella anrquía de relojes públicos y a poco les resultaban tan inútiles, tan inaptos para la vida como si estuvieran rigiéndose por el meridiano de Greenwich.

Como siempre ocurre, el pueblo encontró su modus vivendi. De día, se guiaba por el sol, de noche por el canto de los gallos, y para actos más o menos públicos, casamientos, funciones teatrales, entierros, remates y demás, se aclaraba en la invitación: hora municipal y hora religiosa, según fuera el caso.

Comprendo, lector, que encontrarás alguna impresición en este relato, pero ¿se le puede exigir mucha exactitud a un hombre cuya infancia fue regida por tales relojes?

Conrado Nale Roxlo